Hay días especiales y momentos especiales que se quedan con nosotros para siempre. Ayer fue uno de ellos
A lo largo de las últimas semanas, un grupo de padres, amigos, niños y entrenadores nos fuimos reuniendo para aprender una coreografía y recaudar dinero por una buena causa: un club de baloncesto que es mucho más que un club. Es una gran familia
A veces damos por hecho muchas de las cosas que recibimos. En la rutina del día a día, entre nuestras preocupaciones y nuestros trabajos, es fácil que pese más el esfuerzo de salir por la tarde-noche o levantarse temprano los fines de semana para llevar a los niños a un entrenamiento o a un partido que todo lo que recibimos a cambio. Que nos quedemos tan sólo con el esfuerzo que estamos haciendo, lo que se nos complica la vida y las agendas ese ir y venir, y dejemos de lado todo lo que recibimos a cambio, que, sin lugar a dudas, es mucho más.
Sin darnos cuenta, un hilo transparente va tejiendo una red invisible que nos une a todos y cada uno de los que formamos parte de ella. Una red de amigos, compañeros, entrenadores y voluntarios que, con su tiempo, su energía y su dedicación, crean algo maravilloso: una comunidad. Una comunidad que crece alrededor del deporte, en la que, además de entrenar, se comparten valores, se hacen amigos y se crece como persona. Un lugar en el que compartimos muchos días, los buenos, los regulares y también los malos. Un lugar seguro en el que encontrar apoyo y sentirse querido.
Ese club es Dublin Raiders. Fundado por Ed Randolph hace casi cuarenta años, el club ha ido creciendo gracias a su visión, a su carisma, a su dedicación y al esfuerzo de tantas personas que han contribuido a hacerlo crecer. Y, como ocurre en cualquier familia, comunidad o club, para seguir creciendo y poner en marcha nuevos proyectos hacen falta recursos, tanto personas dispuestas a implicarse como dinero. Y para eso estuvimos allí ayer.
Al final de la temporada pasada anunciaron que iban a organizar un concurso de baile, Strictly Come Dancing for Raiders, un gran evento con el que recaudar fondos para que el club pudiera seguir creciendo y afrontar nuevos retos. Y me pareció una forma divertida de contribuir activamente a una causa en la que creo: apoyar al club que forma parte de la educación y del crecimiento de nuestros hijos. Así que, por supuesto, me apunté.
Los ensayos grupales comenzaron en septiembre, mientras el grupo iba tomando forma, se completaban las parejas y cada una empezaba a preparar su coreografía. Durante las semanas siguientes, todos pusimos de nuestra parte para aprender nuestros pasos y conseguir que el baile saliera adelante. Los primeros días todos nos sentíamos bastante patosos. A eso había que sumarle el reto de encontrar huecos en nuestras agendas y sortear todos los imprevistos que iban surgiendo para conseguir llegar a los ensayos. Coordinar los horarios de tantas personas no era nada fácil, y los ensayos grupales a veces resultaban bastante caóticos. No siempre conseguíamos estar todos juntos y los avances de cada pareja eran desiguales.
Pero, poco a poco, algo fue cambiando. Las coreografías empezaron a mejorar, pasábamos más tiempo juntos y empezábamos a compartir algo más que unos pasos de baile. Amigos, familiares y compañeros empezaron a implicarse cada vez más, compraban entradas para acompañarnos en el gran día y contribuían a la recaudación de fondos. Las primeras aportaciones empezaban a llegar y, con ellas, fue creciendo la ilusión. Poco a poco, la emoción y el entusiasmo se fueron contagiando. Y empezamos a darnos cuenta de que estábamos haciendo algo mucho más grande que aprender una serie de pasos y preparar una coreografía. Estábamos construyendo algo juntos.
Y ayer llegó el gran día. Después de las últimas horas ajustando vestuarios, comprando complementos, enviando recordatorios para conseguir más apoyo para el club y haciendo los últimos ensayos, nos encontramos todos en el hotel donde iba a celebrarse el evento. La sala se fue llenando. Los nervios estaban a flor de piel y cada pareja estaba preparada para salir al escenario y lo que vivimos allí es difícil de explicar con palabras.
Fue increíble ver la pasión con la que cada pareja salió a defender su coreografía (jugadores, entrenadores, padres, amigos…), el esfuerzo que había detrás de cada baile y la energía que se respiraba en la salaPero, por encima de todo, me emocionaron las muestras de apoyo y las palabras que se dedicaron al club. Palabras que pusieron en valor todo lo que representa Dublin Raiders y todo aquello que, desde fuera, quizá no siempre se ve y que es posible gracias a todas las personas que hacen que el club siga adelante. Un club donde se enseña que por supuesto el baloncesto hay que entrenar, esforzarse y luchar por ganar cada jugada y cada partido, pero que es mucho más. Porque también hay derrotas, lesiones y momentos difíciles de gestionar. Y es precisamente entonces cuando cobra especial importancia contar con una familia que te acompañe, que te apoye y que comparta contigo tanto las alegrías como las dificultades. Y esa es también la familia de los Raiders.
Ha sido una de las experiencias más enriquecedoras que he vivido. Me siento muy afortunada de haber formado parte de ella y no tengo más que palabras de agradecimiento para todos los que la han hecho posible. Me quedo con todo lo vivido, con las personas que he conocido mejor, con las risas compartidas… Porque, a pesar de los nervios, de los ensayos caóticos y de todos los obstáculos que tuvimos que superar para llegar hasta aquí, también hemos compartido momentos que nos han unido, nos hemos ayudado y hemos creado recuerdos que, de otra manera, quizá nunca habríamos vivido. Y, por supuesto, me quedo con la satisfacción de haber puesto nuestro pequeño granito de arena en algo importante, porque ¡conseguimos nuestro objetivo!: contribuir a que el club siga creciendo y pueda afrontar nuevos retos.
Ayer fuimos testigos de cómo un proyecto como Dublin Raiders, cuando merece la pena y se vive con ilusión, puede generar una energía que se contagia y moviliza a quienes lo rodean, haciendo posible que, entre todos, consigamos cosas extraordinarias.
Gracias Dublin Raiders por ser mucho más…
¡Nos vemos en la cancha!
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