Hola Juan, 

Como ya sabes, cada día dedico parte de mi tiempo a escribir. Y hoy, cuando me he querido dar cuenta, me he encontrado escribiéndote esta carta, para compartir contigo algunas reflexiones sobre el día de hoy. Un día especial más, un año más, una celebración más, en el que me he levantado, he dejado el teléfono a un lado, he llevado a los niños a sus respectivos entrenamientos del sábado, me he ido a dar un paseo y me he dejado llevar.

Hoy hace ya unos cuantos años que nos dimos ese «sí, quiero» que tanto deseábamos darnos, en el Monasterio de Veruela, y todavía me parece que fue ayer, a pesar de todo lo que hemos vivido. Un día precioso, una fiesta inolvidable que he estado recordando durante las últimas horas, pues marcó el comienzo de una apasionante aventura: la de compartir toda una vida juntos

Una aventura que nos hizo vivir momentos tiernos, dulces, intensos, divertidos… De esos que tanto nos gustaba compartir con los demás. Pero también nos planteó retos difíciles, de esos a los que tuvimos que enfrentarnos juntos y que, en muchas ocasiones, hicieron que todo lo que estábamos construyendo se tambaleara. Nunca nos gustó compartir esas dificultades con los demás ni pedir ayuda, porque sentíamos que formaban parte de nuestra intimidad y que éramos nosotros quienes teníamos que encontrar la manera de resolverlas. Con responsabilidad, paciencia y mucho cariño, nos fuimos enfrentando a ellas conforme iban llegando. Y pudimos con todas, saliendo cada vez más fuertes y más unidos.

Hasta que el cáncer se coló en nuestras vidas y atacó una de tus partes más queridas, una de tus mayores fortalezas: tu cerebro. Y con él, sin saberlo al principio, llegó una cuenta atrás de doce meses. Al principio nos lo tomamos como un reto más, uno gordo. Y, aunque nos daba mucho respeto, creímos que podríamos conseguir alguna prórroga. Pero, finalmente, solo pudimos vivir como mejor supimos aquel tiempo que nos quedaba. A veces con miedo, otras con preocupación, incertidumbre, dolor y amor. Con fe, con esperanza. A veces alegres, otras tristes, otras enfadados y otras agradecidos.

Y cuando finalmente supimos y aceptamos que te ibas a ir, fue como si el tiempo se parara. Poco a poco, la paz, la serenidad y el silencio fueron ocupando buena parte de nuestro día a día. Aprovechábamos para compartir el tiempo que teníamos, pero ya no hacía falta hablar. Porque ya nos lo habíamos dicho todo. Y tan solo nos quedaba estar. Ser. Compartir.

Y desde entonces, aquí sigo, intentando que todo fluya, ayudando a todos los que puedo a través de mis libros, de mi tiempo… Implicándome en las actividades de voluntariado que van surgiendo y con el reto de que los niños vayan creciendo en todos los ámbitos, en un entorno seguro, y de que sean felices. Y, aunque a veces es duro, sobre todo cuando tengo que enfrentarme a algún reto difícil, como está siendo la adolescencia de los cuatro, en general, no se me está dando del todo mal, pues cuento con personas maravillosas que me ayudan en el camino.

A veces fantaseo, y me encanta imaginar que un día apareces por casa a hacernos una visita. Así, sin más. Y me imagino contándote todo lo que hemos hecho estos años.Te imagino mirando a los niños y diciendo lo mucho que han cambiado, lo altos que están y lo delgada que estoy yo. Seguro que dirías que teníamos que hacer la «operación chorizo». Te agacharías a juguetear con Scott, que estoy segura de que, de alguna forma que no puedo explicar, te reconocería. Te sorprenderías y estarías orgulloso de que tu «princesita», a la que tantas veces corregías porque «en Aragón hablamos como hablamos», hubiera publicado varios libros. Te sorprendería escuchar a los niños hablar tan bien inglés y ver la televisión en versión original. ¡Te sorprenderían tantas cosas!

Pero, al mismo tiempo, soy consciente de que somos lo que somos por todo lo que vivimos y de que muchas de las cosas que hoy forman parte de nuestra vida llegaron porque estuviste y porque te fuiste. Con tu ausencia fueron apareciendo nuevas oportunidades y caminos que quizá no habríamos tomado si hubieras seguido a nuestro lado. Fuimos aprendiendo a apoyarnos en personas maravillosas en las que, tal vez, no nos habríamos apoyado de la misma manera. Viajamos y conocimos a personas increíbles que nos han mostrado otras formas de mirar el mundo y nos han ayudado a volver a mirarlo con cariño y alegría… Personas que quizá nunca habrían aparecido en nuestras vidas.

Y así, poco a poco, caminando junto a una ausencia que nunca elegimos, hemos ido cambiando y descubriendo partes de nosotros mismos que quizá, de otra manera, nunca habríamos conocido. Quizá hemos perdido inocencia y otras cosas por el camino, pero también hemos ganado mucho y somos mejores en muchos aspectos gracias a todo lo vivido. Y, como te prometí… somos felices.

Así que hoy, en el día de nuestro aniversario, me apetecía escribirte, enviarte un beso al cielo y darte las gracias por tu cariño, por tantos consejos, conversaciones y risas… Por hacerme sentir que era una de las personas mas importantes de tu vida, algo que quizá sea una de las cosas que más echo de menos, y por todo lo que dejaste en nosotros y que nos acompaña.

A lo largo de estos años he podido comprobar cómo el amor y los recuerdos no desaparecen con la ausencia, sino que se transforman. Poco a poco, van encontrando un nuevo lugar dentro de cada uno de nosotros, una forma distinta de acompañarnos y seguir formando parte de nuestra vida, de una vida que no se para.. sino que continúa.

Fui y soy una suertuda.

Te quiero infinito 

Tatiana

Tu princesita 


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