Mi querido papi,
Te acabas de ir y ¡cómo te echo de menos! Nunca imaginé que te fueras tan pronto y mucho menos que viviéramos todo lo que hemos vivido tan sólo unos meses después de que Juan se fuera. Quizás cuando más te necesitaba. Cuando más intenté agarrarme a tí al sentir cómo un pilar en mi vida desaparecía. Pero sin ser consciente que también tú te podías ir. Pero como nos ha enseñado la vida, y tú me has repetido a lo largo de los últimos dos años: no elegimos lo que vivimos, pero si el cómo y eso ¡lo hiciste genial! Y por eso mismo quería escribirte una carta, porque fuiste un ejemplo que no quiero olvidar.
Hace algo más de un año el cáncer volvió a aparecer en tu vida, y esta vez de la forma más agresiva posible. Era febrero 2023. Hacía tan sólo seis meses que me había despedido de Juan y recuerdo que la noticia me cayó como un jarrón de agua fría. Empezaba a sentirme mejor cuando los médicos nos dijeron que tenías metástasis de melanoma en todo el cuerpo y no tenía cura. Que era el final. Que te quedaba poco tiempo. No podía creer lo que estaba pasando. Pero decidimos no tirar la toalla y te viniste conmigo a casa. Y gracias a la ayuda de un maravilloso equipo (Dr. Álvarez, Dra. Ciervide, Dr. Rodríguez…) que tenían justo lo que necesitabas, y estuvieron pendientes de cada prueba, de cada movimiento que el cáncer hacía a través de las innumerables lesiones que tenías en todo el cuerpo, tuvimos la suerte de que no fuera así y contar con un año más. Un año más en el que pudimos compartir tiempo juntos siendo conscientes de la fragilidad de la vida y muy buena parte del tiempo sabiendo que todo ese tiempo extra… era un regalo.
Desde el primer día tu actitud fue admirable, imbatible. Ibas dejando huella a cada persona que se cruzaba contigo. No entendías ni querías entender de clases sociales, de puestos, ni de rangos. Conectabas con las emociones y con el corazón y hablabas con el mismo cariño y respeto a un médico, a una enfermera, a un camarero, a una cajera, al cartero… Siempre intentabas impactar positivamente, que te recordasen. Siempre me recordabas lo fácil y barato que era hacer sonreír a una persona y lo que te gustaba sentir que esa persona se sentía un poquito más feliz gracias a tí, aunque fuera ese pequeño instante que había estado a tu lado.
Y con esa actitud llegabas al hospital, como Aquiles, dispuesto a ganar la batalla. Con la confianza y la energía del que se cree invencible. Con una sonrisa, con cariño… Diciendo a todos los que te atendían: “si el cáncer no me ha vencido una vez tampoco lo hará esta”. Aguantaste todos los tratamientos con una gran fortaleza, una gran valentía y con esa forma de hablar y gran sentido del humor que contagiabas a todos los que estaban cerca de tí. Trasmitías seguridad, fortaleza, ternura y positividad. Aunque cada día era un reto para tí. Intentabas encontrar constantemente el equilibrio entre tu cabeza y tu cuerpo, algo que cada vez se hizo más complicado. Y aunque yo también era positiva, dentro de mi pesaba un alto grado de realismo y prudencia. Sabía que dependías de los tratamientos y desde el primer día acepté que pasara lo que pasara tenía que estar preparada y vivir dia a dia.
Y así, una vez más me encontré que no podíamos cambiar el final, pero la vida, una vez más, nos volvió a dar de nuevo un gran regalo: tiempo. Tiempo para disfrutar juntos, tiempo para compartir, tiempo para aceptar, y tiempo para seguir atesorando momentos juntos sabiendo que en algún momento lo que estábamos viviendo sería un recuerdo que nos acompañaría el resto de nuestra vida. Tiempo que, habiendo estado los dos cerca de la muerte, aprovechamos y que ahora mismo son un regalo: todos esos desayunos antes de ir al hospital, antes de cada consulta, antes de cada tratamiento, en los que nos hacíamos una foto, sabiendo que cada desayuno era un regalo. Todas esas comidas que conseguimos cuadrar entre tratamientos, colegios y niños. Comidas en las que siempre que podíamos, pedíamos alcachofas confitadas a la plancha. Ese fue y será nuestro plato favorito. Y aunque nunca conseguimos un sitio donde las hicieran mejor que en ese kiosko que había al lado de casa, seguimos disfrutando de seguir buscando el sitio ideal, las alcachofas ideales, sabiendo que cada comida era un regalo.
Recuerdo un día que dijiste que querías llevar a Juan a comer platos típicos de cuando eras pequeño. Fueron sacando platos y algunos, como el picadillo y como buen adolescente los miraba poniendo caras raras. Y ese día, mientras relamía las costillas, nos miramos y un precioso y confortante sentimiento nos envolvió. Los dos sabíamos que esa comida nunca la olvidaría. Y que un día, cuando ninguno de los dos estuviéramos se acordaría del día que fue a comer con su abuelo unas costillas tan pequeñas que tan apenas tenían carne.
No era tu favorita, nunca lo necesité y nunca me importó. Te quería infinito y tú a mi y eso me bastaba. Sentía que era importante para tí, y desde que Juan enfermó sentí a diario tu apoyo y tu cariño a través de innumerables detalles que me hacían sentir que para tí yo era tu prioridad. Y eso me dio la fuerza y la vitalidad que necesitaba para seguir avanzando dentro de esa nube gris que se había empeñado en instalarse en mi vida.
Observabas lo que hacía desde una distancia prudencial, sin juzgarme (al menos delante, aunque luego sé que a mis hermanos le contabas lo preocupado que estabas por mí) . Pero hacías sentirme que entendías cada cosa que hacía. Recuerdo un día que estaba en pleno orden de casa, deshaciéndome de los “por si acaso”, de lo obsoleto, reduciendo el ruido visual. Ese día estaba en el salón ordenando CDs, pendrives que teníamos grabados con películas… grabamos todos en una memoria, tiramos todos los CDs rallados y saqué varias bolsas de basura. Cuando terminé me senté a tu lado y te dije “¡Qué bien me siento! Había que tirar todo eso, así está más ordenado”. Entonces me miraste y con voz serena me dijiste: “Sé porque lo haces. Lo necesitas y esta bien Tatiana”. Tus palabras me confortaron. Y es que antes de que yo misma fuera consciente de porque hacía las cosas, tú ya habías entendido que de alguna forma misteriosa el hecho de ordenar la casa me producía ese orden en mi mente y me ayudaba a seguir hacia adelante. Y lo hacías sin cuestionarme, sin juzgarme.
Poco a poco la enfermedad fue avanzando, las cosas se fueron complicando y los últimos meses fueron cada vez más duros: duros para ti, duros para los niños y duros para mí. Y tuvimos que dejar de compartir el día a día para proteger a los más pequeños, a los que tanto querías y que siempre protegías.
Y así fueron pasando los días. Recuerdo un día que hablamos y te encontré especialmente bajo de ánimo, lo cual era raro en ti. Los dolores no se iban, llevabas ya meses lidiando con el dolor, no conseguían controlarlo y cada vez te movías menos. Me dijiste que estabas mal y te pesaba que tuviéramos que cuidar de tí, cuando eras tú el que tenías que cuidar de nosotros. Yo te pregunté que quien te había dicho esto. Y tú contestaste “Yo. Porque soy tu padre y yo tendría que estar cuidando de tí”. Y es que desde que se fue Juan estuviste más pendiente que nunca tanto de mí como de los niños y adquiriste esa responsabilidad de cuidarnos hasta que pudiéramos volar solos. Pero eso ya no podía ser así. Todo había cambiado.
Seguiste diciéndome lo duro que estaba siendo, y en ese momento sentí como una flecha me atravesaba en dos porque esa misma frase me la dijo Juan, y me la repetía una y otra vez. Y una vez más sentí como si fuera mio tu dolor, su dolor, y el de todos los enfermos a los que la vida les hace dejarlo todo, dejar su rutina, su día a día tal y como lo tenían diseñado y caminar con gran sufrimiento el camino de las últimas semanas, los últimos dias.
Entonces te recordé conversaciones que habíamos tenido sobre la enfermedad, sobre la vida, sobre la muerte… y que sabíamos que iba a llegar ese momento. Tuvimos la suerte de hablarlo cuando estabas bien, sabiendo que podía llegar el momento pronto… y llegó. Y ahora nos tocaba aceptarlo con la serenidad que da el ser consciente del camino que se está recorriendo. Entonces te toque la cabeza y te acompañé en la respiración. Te hablé de tu madre, de tu padre… te pregunté si soñabas con ellos, y me dijiste que no, pero que siempre los sentiste cerca y que sabías que siempre te habían acompañado y cuidado. Y entonces aproveché para recordarte lo que un día hablamos: que el día que fueras, ellos estarían allí. Que les volverías a ver y ya no habría dolores, ni medicación, ni médicos, ni enfermeras… Y mientras hablabas te tocaba la cabeza y podía sentir como tu respiración se calmaba. Así estuvimos horas. Tocándote dulcemente, con compasión, con cariño… A veces lloraba y a veces reíamos. Y cuando las lagrimas no me dejaban hablar, me decías que no llorase y yo te decía que ¡cómo no iba a llorar! Es el precio de tener una hija cangrejo, altamente emocional y tremendamente intensa.
Así fueron pasando las semanas hasta que el ultimo día que nos vimos. Yo no deje de tocarte. Te pregunté como estabas y me dijiste: “¡qué bien se está en familia!” y sonreíste. Eras de pequeñas celebraciones, de grupos pequeños y, te encantaba disfrutar de tus hijos y de tus nietos de uno en uno ¡tampoco todos juntos! Te empecé a tocar la cabeza y te dije que estuvieras tranquilo. Entonces me contestaste, lo estoy. Y me respondiste: “Vosotros estad también tranquilos”. Nunca sabré si querías despedirte. Nunca sabré si querías asegurarte que podías irte sin causar preocupación, como te gustaba a tí ser, sin molestar. Pero estoy segura que algo de parte de todo eso había y así se lo dije a mis hermanos. Y te aseguré que estaba tranquila, que mis hermanos estaban tranquilos y tú podías estar tranquilo y seguí acariciandote.
Cuando me fui a ir te di un beso y tu me diste una batalla de besos. Cuando me separé, te sonreíste y volviste a hacer el gesto de darme un beso y me volví a acercar y me diste otros tantos.. y así estuvimos varios minutos… con un abrazo y un retahíla de besos interminables e inolvidables que fueron nuestra despedida.
Ayer te fuiste, y no puedo dejar de pensar si podría haber hecho algo por regalarte un día más, un día más de vida, un día más de felicidad, un día más de cariño.. Estoy convencida que llevabas semanas sabiendo que te ibas a ir. Que en el fondo ya hasta te apetecía para volver a ver a tu querida mami a la que tanto quería, a tu padre, al que tan apenas conociste y que tanto admiraste, a tus abuelos… También volverás a ver a Juan, y podréis volver a daros un abrazo. Y me quedo con la tranquilidad y la felicidad de saber que te cogieron de la mano y te fuiste feliz, tranquilo, con la paz que da el saber que te vas a un sitio maravilloso donde se respira la paz y donde ya no hay dolores, ni tratamientos, ni medicinas…
Nos volveremos a ver… no sé cuando. La vida es una caja de sorpresas y nadie sabemos cuando llegará ese día. Pero mientras llegue, quiero que sepas que estoy profundamente feliz y agradecida por haber tenido el mejor padre que podía tener, por todo lo que me enseñaste ¡qué suerte la mía! Y sé que seguirás ayudándome y protegiéndome desde un lugar que mis sentidos no pueden captar, pero que mi corazón puede sentir.
Gracias por haberme enseñado a fijarme en lo importante de la vida, por estar a mi lado en los momentos más difíciles y darme espacio cuando lo necesitaba.
Siempre, siempre estarás en mi corazón
Te quiero infinito papi

con todo lo que la vida te está haciendo pasar, tu temple, serenidad y ternura conmueven hasta las entrañas, Tati !!!
un abrazo inmendo
Me gustaMe gusta
Te acompaño en el sentimiento Tatum. Qué bonita es la vida aun cuando el camino se vuelve duro y brutal. Millones de besos a ti, a los niños y al cielo para los que allí nos esperan.
Me gustaMe gusta
Después de leer esta carta, que algunas lágrimas me ha sacado, solo quiero decir que me ha encantado ver una foto de nuestro DON Ramón, que le mando un abrazo al cielo y que ha sido y siempre en mi corazón será un SER EJEMPLAR. Una magnífica persona y un tipo formidable.
DEP, amigo Ramón.
Tu amigo el florista Roquetero (y familia).
Me gustaMe gusta
¡Muchisimas gracias por tus cariñosas palabras! Mi padre os quería mucho. Erais parte de su familia en Roquetas, esa familia con la que no se nace sino que se elige, y siempre nos transmitió ese cariño a nosotros.
Se fue pronto. Antes de lo que queríamos y antes de lo que él quería. Pero no tengo ninguna duda, que desde el cielo sigue cuidando de nosotros y sacandonos, de vez en cuando, una sonrisa
Un abrazo enorme
Me gustaMe gusta